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La expulsión de Trump de las principales plataformas de comunicación digital reabre una serie de disyuntivas que algunos llevamos años tratando en profundidad.

A grosso modo, estos días la conversación se ha centrado entre los defensores de que las grandes plataformas de social media deben controlar los discursos de odio, y aquellos que ven en esta acción una censura de guion.

Lo peor de todo es que ambos tienen razón y están equivocados al mismo tiempo.

  • Por un lado, sobra decir que cualquier ciudadano debería tener el derecho de expresar su ideología como le bien vinera en gana. Ahora claro, también es cierto que tu derecho de expresión llega hasta donde empieza mi derecho. O dicho de otra manera, que si con tu libertad para expresarte estás atacando mi libertad, parece sensato pensar que lo segundo limita a lo primero.
  • Por otro, hay que recordar que la historia es subjetiva, y lo que para algunos ha sido un simple intento de golpe de estado invadiendo el Capitolio, para otros es una defensa a la democracia tras un hipotético resultado de las elecciones amañado. Sin pruebas, oye, y con una cincuentena de casos judiciales cerrados ya por los jueces, pero real (para un porcentaje significativo de la sociedad) igualmente.

Que muchos de los que ahora aplauden el bloqueo de Trump obvian que este movimiento podría hacer que el día de mañana bloquearan también su discurso, o el de aquellos que simpatizan con su ideología política, cultural o religiosa.

Como bien decía Román (ES) estos días por Twitter, los límites entre lo que debe o no debe decirse varían según la óptica del que mira.

Para una persona católica y fielmente creyente, el discurso abortista o el que vivimos hace unas semanas con la eutanasia seguramente debería ser erradicado de la faz de la tierra. Sencilla y llanamente para sus ideales es una aberración.

Y en cambio para otros el forzar a una mujer a tener un hijo no buscado o el obligar a una persona con una enfermedad terminal a seguir viviendo hasta que muera «por causas naturales» es una aberración.

Ambos tenemos razón, y ambos estamos equivocados.

¿Ves por dónde quiero ir?

«Pues que elijan los jueces»

La solución, a la vista de que una empresa no parece ser la mejor garante de qué decir y qué no se puede decir, y que la sociedad tampoco parecemos ponernos de acuerdo, es delegar la responsabilidad de marcar los límites a justo aquellos que tienen la responsabilidad de hacerlo. Es decir, el sistema judicial.

Y sería perfecto sino fuera porque:

  • Los jueces, además de jueces, son personas: Y tienen por tanto sus propios sesgos. Que pueden o no afectar a las resoluciones. En un mundo hipotético en efecto el juez sería neutral, aplicando la ley de la forma más justa posible. En un mundo real, esto se intenta cumplir. Punto.
  • ¿Qué jurisprudencia compete a una plataforma global? Porque esta es otra. ¿Aplicamos la jurisprudencia estadounidense porque Twitter, Facebook y compañía son de allí? ¿La de cada nación, compartimentando estas plataformas globales en pequeños feudos territoriales?

Lo cierto es que aunque delegar en jueces este tipo de decisiones sería lo perfecto, en la práctica no parece para nada sencillo decidir cómo se debería aplicar.

A fin de cuentas, las leyes son distintas en cada país.

Que para un saudí, por ejemplo, el que una mujer cometa adulterio puede conllevar pena de muerte, mientras que en otros países occidentales a lo sumo puede acabar causándole una separación económicamente desfavorable.

Y es que ahí radica la dicotomía censura/seguridad de estas grandes plataformas de comunicación.

Que sea ahora, tras cuatro años de un presidente de EEUU lanzando campañas de desinformación masiva (y contraviniendo por tanto su política de uso reiteradamente), cuando deciden banearle, y que sea además por «la incitación a la violencia», algo que perfectamente compete a muchos otros dirigentes políticos y líderes incluso de grupos terroristas (¡Hola Maduro!) que siguen pudiendo utilizar sus cuentas sin mayor drama, solo demuestra lo perdidos que están Dorsey, Zuckerberg y compañía, y cómo su propio sesgo les lleva a inclinarse hacia ello (lo que diga el presidente iraní como que les afecta poco, pero si lo hace el futuro ex-presidente de su país atentando contra el cambio democrático de poder que ellos desean es otro cantar).

Es por ello que estamos ante una muy mala decisión, pese a que ideológicamente esté de acuerdo, ya que abre la vía a futuros movimientos semejantes que en el futuro podrían o no simpatizar con algunos de nosotros.

Eso y que intentar silenciar a una persona o colectivo en la red es como jugar al gato y al ratón. Trump podría volver a abrirse otras cuentas (como de hecho parece que ha estado haciendo) o simplemente pidiéndole a conocidos que hablen en su nombre. Eso o redirigir (como de hecho está haciendo) parte de su discurso a otros canales más cerrados, y por tanto, fomentar aún más el discurso sectario («nos han expulsado del debate global, ergo tenemos la obligación moral de dar a conocer lo que el status quo quiere que no se sepa»).

Exactamente lo mismo que pasa con la persecución de grupos terroristas en redes sociales. Si se hace una política muy activa de bloqueo de este tipo de colectivos, no se evita que sigan en contacto, sino que con las acciones se les arrincona en derroteros menos controlados y que además, por sus propia ideosincrasia, son más vulnerables a cámaras de eco.

Piensa en todo esto la próxima vez que aplaudas el bloqueo a un discurso X.

La democracia va precisamente de escuchar a todos, y defender tus derechos a ser escuchado, pese a que lo que digas me parezca una atrocidad.

En CyberBrainers ayudamos a empresas y usuarios a prevenir, monitorizar y minimizar los daños de una crisis reputacional. Si estás en esta situación, o si quieres evitar estarlo el día de mañana, escríbenos y te preparamos una serie de acciones para remediarlo.

Pablo F. Iglesias
Pablo F. Iglesias

Pablo F. Iglesias es Consultor de Presencia Digital y Reputación Online, director de la Consultora CyberBrainers, escritor del libro de ciencia ficción «25+1 Relatos Distópicos» y la colección de fantasía épica «Memorias de Árganon», un hacker peligroso, y un comilón nato 🙂