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Ya por 2018 me interesó sobre manera el éxito repentino que tuvo el formato stories.

Ya sabes de lo que hablo: Un contenido, generalmente corto (vídeo de pocos segundos, imagen y/o texto que se muestra durante unos pocos segundos), y que además «desaparece» pasadas 24 horas de nuestro canal.

Un formato que, sinceramente, me parece de lo más interesante de cara a gestionar más eficazmente la presencia digital de cada uno de nosotros, por el simple hecho de que, aunque en efecto ese contenido a las 24 horas no se elimina (recordemos que en redes sociales no se elimina nada, solo se desindexa), obliga proactivamente al usuario a que, si quiere, fije dicha publicación en su perfil.

¿En caso contrario? Ese contenido, a ojos del resto de usuarios de Internet, deja de existir.

Perfecto, por tanto, para todos aquellos que se empeñan en subir contenido reputacional negativo sobre su persona a Internet, probablemente por puro desconocimiento, al no ser conscientes del impacto que puede tener dicho contenido de cara a encontrar trabajo, mantener el que ya tenemos, o incluso lo que puede llegar a afectar a nivel personal.

Las stories son como el contenido que ya teníamos, solo que efímero… aunque con la posibilidad de que sea el usuario quien decidiese hacerlo perenne. Justo lo contrario al contenido histórico de las redes sociales, que por defecto es perenne en el tiempo a no ser que el usuario, proactivamente, lo desindexe, o le ponga fecha de caducidad.

Su creador, o al menos quien consiguió hacer del formato story mainstream en redes sociales, fue Snapchat.

Luego llegaría Facebook, que tras intentar comprar la compañía por tres veces, y negarse sus fundadores, hizo lo único que lleva haciendo estos últimos años: copiarlo y, a base de talonario, ponérnoslo hasta en la sopa (Facebook, Instagram, WhatsApp, Messenger…).

Llegamos así hasta 2021, donde literalmente todas las grandes plataformas sociales, Youtube, WhatsApp, Messeger y Twitch incluido, ofrecían este formato.

Sin embargo, hace unos meses conocíamos la decisión de Twitter de eliminarlo de su red (EN). Y hace unos días, le seguía LinkedIn (EN).

El negocio manda

De cara a las grandes plataformas, el movimiento tiene todo el sentido del mundo.

A fin de cuentas, puedes obtener menos información de las stories, que lo que obtienes de una publicación perenne, por el simple hecho de que la mayor parte de las interacciones con stories son privadas (a no ser que luego el usuario lo comparta, claro), justo al contrario de lo que pasa con las publicaciones tradicionales.

Pero con el cambio, se rompe esa tendencia que comentaba hace unos años por apostar por el contenido efímero en las nuevas generaciones. Una vuelta hacia atrás, que sin lugar a dudas será negativa para un porcentaje significativo de esos chavales que ahora, a falta de stories, despotrican y se quedan a gusto en formatos perennes, alimentando esa huella digital nociva que les saldrá cara el día de mañana.

Así que por aquí tienes un ejemplo de cómo no siempre lo que a nivel puramente social es positivo, acaba triunfando en plataformas sociales.

Falta por ver si al final se conseguirá, en efecto, eliminar KPIs públicos con dinámicas tan nocivas como son los Likes de las redes sociales, o si por el contrario, nuevamente, el negocio manda.

La privacidad del usuario es solo un escudo reputacional con el que proteger el negocio.

Algo que no va a cambiar mientras estas plataformas estén regidas, como están, por empresas supeditadas a los intereses de sus accionistas.

En CyberBrainers ayudamos a empresas y usuarios a prevenir, monitorizar y minimizar los daños de una crisis reputacional. Si estás en esta situación, o si quieres evitar estarlo el día de mañana, escríbenos y te preparamos una serie de acciones para remediarlo.

Pablo F. Iglesias
Pablo F. Iglesias

Pablo F. Iglesias es Consultor de Presencia Digital y Reputación Online, director de la Consultora CyberBrainers, escritor del libro de ciencia ficción «25+1 Relatos Distópicos» y la colección de fantasía épica «Memorias de Árganon», un hacker peligroso, y un comilón nato 🙂