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Soy consciente de que este tema levanta mucho interés. Sin ir más lejos el otro día estaba viendo un documental en Netflix en el que nuevamente se pecaba, como puedes ver en la archiconocida imagen que encabeza este artículo, de considerar la Dark Web únicamente como un paraje de ciberdelincuencia.

Y sí, es cierto que como cabría esperar, en la Dark Web buena parte del contenido tiene fines cuanto menos conflictivos.

Pero es que es normal… A fin de cuentas hablamos de un «pequeño» sector de toda la red al que para entrar necesitas un software específico, y que se queda por este motivo al alcance del resto de Internet, buscadores y usuarios comunes incluidos.

¿Tendría sentido montar allí un medio de comunicación? Hombre, pues todo apunta a que no. A lo sumo un blog en el que quieras hablar de temas que en tu país por la razón que sea no deben ser mencionados.

En la Dark Web, que no deja de ser una pequeña parte de la Deep Web (es decir, toda página o servicio que no es accesible de forma directa, como puede ser un sistema de mecenazgo o un foro que requiere estar logueado para ver el contenido) se pueden comprar armas, drogas y todo aquello que se te ocurra.

Existe, de hecho, toda una infraestructura económica e industrialización del cibercrimen (y el crimen tradicional) que encuentra en redes más especializadas como Tor un canal de compraventa lejos de las garras de las fuerzas del orden y la seguridad.

Allí es donde habitualmente van a parar las bases de datos de filtraciones jugosas, como la que comentábamos hace poco y que sufría NameSouth, una empresa estadounidense de recambios de coches.

Si tu objetivo (como es el de la mayoría de cibercriminales) es sacar tajada de un ataque informático, parece obvio que lo más rentable será poder vender los recursos informacionales obtenidos (o extorsionar con ellos a la empresa), y también está claro que no puedes ir a Amazon y colgarlo como oferta.

Hace unos días Kaspersky liberaba un estudio (ES/PDF) en la que cuantificaba cuánto costaba comprar en la Dark Web diferentes datos personales según su importancia.

  • ¿Datos de una tarjeta de crédito activa? Entre 6 y $10.
  • ¿Carnets de conducir? Entre 5 y $25.
  • ¿Pasaportes? Entre 6 y $15.
  • ¿Cuentas en servicios de suscripción como Netflix? Entre 0,5 y $8.
  • ¿Una imagen de una persona sujetando su documento de identidad? Lo más jugoso (al ser normalmente el sistema más eficiente para identificar a una persona). Entre 40 y $60.
  • ¿Un historial médico? Entre 1 y $30.
  • ¿Un sistema de identificación? Es decir, el nombre completo, fecha de nacimiento, nº de la seguridad social, email, móvil… entre 0,5 y $10.

Por supuesto los precios están asociados al valor real que tiene esto para un potencial comprador… y lo que cuesta conseguir dicha información.

De hace unos años a esta parte los informes médicos han perdido parte de su valor debido a que con el auge de los wearables, la información de salud es cada vez más asequible, y en cambio cada vez tiene más valor los sistemas de identificación, que permiten a un tercero usurpar la identidad de alguien, y con esa identidad, identificarse en servicios o extorsionar a terceros.

Pero al igual que la Dark Web se utiliza para hacer el mal, también quiero recordar que es precisamente este tipo de redes las que permiten, sobre todo en países con regímenes censores, comunicarse con mayor seguridad.

Hablamos por supuesto de ciudadanos en naciones con dictaduras muy estrictaswhistleblowers de países u organizaciones que encuentran en la Dark Web el canal más seguro para dar a conocer una verdad, y colectivos en riesgo de exclusión, ya sea por cuestiones sociales, culturales, religiosas o de género, que pueden encontrar en foros de la Dark Web una vía para coordinarse y estar en contacto con sus iguales, o simplemente para dar su opinión sin miedo a represalias.

La imagen que tenemos de la Dark Web es la de esos grandes marketplaces de droga que acaparan noticias, y no de esos pequeños foros en los que la libertad de expresión está prácticamente asegurada.

Recuerda esto la próxima vez que alguien asocie Dark Web con crimen o pornografía.

Claro que hay de ambos. Pero al igual que pasa con el resto de Internet, también hay cabida para muchas otras temáticas, y de hecho algunas de ellas deberíamos defenderlas por encima de todo.

Artículo publicado previamente como colaboración en HackerCar (ES).

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Pablo F. Iglesias
Pablo F. Iglesias

Pablo F. Iglesias es Consultor de Presencia Digital y Reputación Online, director de la Consultora CyberBrainers, escritor del libro de ciencia ficción «25+1 Relatos Distópicos» y la colección de fantasía épica «Memorias de Árganon», un hacker peligroso, un intento de crossfighter y un comilón nato 🙂