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A principios de semana publicaba en PabloYglesias un artículo que titulaba con el rimbombante título de «La cultura de la respuesta fácil«, y que venía a profundizar sobre ese mal endémico que tiene toda sociedad de buscar respuestas fáciles a preguntas o problemas complejos.

Entre todos los temas tratados (en serio, da para un buen rato de lectura, y uno bastante mayor de pensamiento), estaba el hecho de que la semana pasada China había presentado un borrador de su nueva ley antimonopolio tecnológico (EN), con tres medidas estrella:

  • Los operadores de internet no podrán utilizar tecnologías para captar o utilizar ilegalmente datos de otros operadores comerciales, o interferir en el tráfico de sus usuarios.
  • Los operadores no podrán influenciar de ninguna forma las elecciones tomadas por los usuarios, en clara alusión a la tergiversación antes comentadas que afectan a las grandes plataformas intermediadoras (Aliexpress, Google, Baidu, Amazon, Google Maps, Tripadvisor, Cabify…).
  • Tampoco podrán crear o difundir información engañosa para dañar la reputación de sus competidores y tendrán que poner fin a prácticas de marketing nocivo como son las reseñas o los cupones falsos.

Indagando un poco más, me llamó la atención el tratamiento que hace un gobierno comunista, como a fin de cuentas es el Partido Único de China, a eso que llaman «información engañosa», y que afecta en ambas partes (tanto de cara a la plataforma, como de cara al usuario).

Lo cierto que por aquí en Occidente estamos afortunadamente lejos de ese sistema de crédito social implantado en el gigante asiático.

Como ya demostré en su día, también tenemos por estos lares nuestro propio sistema crediticio basado en la explotación masiva de datos, y seguramente alguno basado en la supuesta seguridad nacional como en su día pasó con PRISM, pero lo cierto es que al menos, en mis pruebas, fallaba más que una escopeta de perdigones.

Pese a ello, he defendido siempre el derecho de cualquiera de nosotros a desinformar a los sistemas tecnológicos que usamos a diario.

La premisa en la que me baso es la siguiente:

Si los algoritmos utilizan esos datos para espiarnos, y gracias a ello, ofrecernos un mejor servicio (esto es, que pasemos más tiempo utilizando los servicios), ¿tendré derecho entonces a no darles los datos correctos, y que por tanto no me ofrezcan el mejor servicio (es decir, luche más acertadamente contra la dichosa burbuja de filtros)?

Por ello, hace ya tiempo que he ido aplicando algunos sistemas para desinformar de mi actividad en Internet.

Algunos pasos extra lógicos más a los que entiendo que todos aplicamos en nuestra navegación:

  • Loguearnos con datos falsos en formularios, cuando nos piden nuestra información personal.
  • Utilizar diferentes nicks en plataformas y foros.
  • ….

La unión de todo esto, con la necesidad real (ya expliqué por qué) de tener una buena presencia digital (esto es, mostrar en Internet la parte de nosotros que nos interesa mostrar), y el tener el control de lo que Internet sabe de uno mismo, es ya un factor clave para el éxito personal y profesional.

Ya sea de cara al resto de usuarios, ya sea porque así estaremos menos expuestos a eventuales tergiversaciones del discurso llevadas a cabo por agentes maliciosos (tecnológicas, gobiernos, grupos de presión…).

El que en legislaciones como la China prohíban expresamente este tipo de herramientas de protección ciudadana solo demuestra, una vez más, que están basadas en sistemas dictatoriales, y que el fin último no es luchar contra el terrorismo, o contra los pederastas, o contra la excusa de turno, sino mantener bien alimentada una sociedad de control.

En CyberBrainers ayudamos a empresas y usuarios a prevenir, monitorizar y minimizar los daños de una crisis reputacional. Si estás en esta situación, o si quieres evitar estarlo el día de mañana, escríbenos y te preparamos una serie de acciones para remediarlo.

Pablo F. Iglesias
Pablo F. Iglesias

Pablo F. Iglesias es Consultor de Presencia Digital y Reputación Online, director de la Consultora CyberBrainers, escritor del libro de ciencia ficción «25+1 Relatos Distópicos» y la colección de fantasía épica «Memorias de Árganon», un hacker peligroso, y un comilón nato 🙂